Dujovne/Caputo por Prat Gay: la profundización del modelo

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Por Mariano Grimoldi

Con la expulsión de Alfonso Prat Gay del gobierno nacional se cierra una gestión de números horrendos, que contrastan con el aire canchero del ministro que menospreció el aumento tarifario (“son dos pizzas”) y destrató a Axel Kicillof en el plenario de comisiones de la Cámara de Diputados cuando presentó el pago a los fondos buitre. Fue el ejecutor de un plan antiinflacionario tradicional que, en tándem con el presidente del Banco Central y sus exorbitantes tasas de interés, le sacó recursos al mercado interno con una corrección de precios relativos en claro perjuicio de los ingresos populares. Ello redundó en una caída abrupta de la demanda agregada, que se tradujo a su vez en el desplome de la actividad económica que, en el tercer trimestre, llegó casi a -4%, lo que trajo de la mano un aumento del desempleo que retroalimenta al monstruo recesivo. No obstante todo esto, la inflación, vaticinada por el mismo Prat Gay en el orden de 20/25% para 2016, supera claramente el 40%. Sacrificios para todos, pero sin cumplimiento de objetivos.

El núcleo del fracaso de la gestión de Prat Gay se encuentra, tal vez, en el porcentual de inflación. Que, pese al voluntarismo del Gobierno, no se reduce. O lo hace con demasiada lentitud, lo cual los deja sin margen de credibilidad para sugerir aumentos en paritarias que ronden el esotérico 18%. Que es el número que necesitan (eso creen) para que la inflación siga bajando.

Pero bajar la inflación no es tampoco un objetivo en sí mismo, sino una pieza (fundamental, es cierto) en el armado de un esquema macroeconómico que brinde buenas perspectivas para decidir a los inversores a que hagan llover los dólares que el macrismo daba por descontados, y que no llegaron más que a través de la toma de deuda que gestionó el ahora ascendido Luis Caputo.

Finanzas gana autonomía para la administración de la deuda pública: tanto en el diseño del programa que permita afrontar los vencimientos anuales, como en cuanto a la decisión de tomar nueva deuda en función de las necesidades financieras del país. Este aspecto ya no estará supeditado a necesidades de Hacienda, o a perspectivas de movilidad o no del tipo de cambio según lo que indiquen los resultados de balanza de pagos. Quien administra este flujo de ingresos presentes y egresos futuros de divisas ya no es menos que nadie dentro del gabinete.

Tal vez sea un reconocimiento de regularidad para el factor deuda. Quizá implique un restablecimiento de flujos cruzados con organismos como el FMI como factor de equilibrio de la balanza de pagos, y para reemplazar la salida a los mercados financieros que prometen desarrollar tasas de interés prohibitivas. El flujo de crédito internacional, dirigido por el FMI, adquiere para el país (según esta hipótesis) un interés de regularidad, un flujo de ingreso-egreso constante y previsible como base de disponiblidad de divisas para el negocio financiero (y la transferencia al exterior de las ganancias obtenidas). Un paso ineludible para la financierización de la economía.

Volviendo a la inflación, el fracaso de Prat Gay es, entonces, más acotado. A ese pretendido esquema macroeconómico de manual le falta una pata: la fiscal. Es lo que dicen las voces ultraortodoxas (Carlos Melconián, Miguel Broda, José Luis Espert) a través de frases tales como “El ajuste es como los abdominales: si no duele, es porque lo estás haciendo mal.” Según estos economistas ejemplares, el despedido no hizo bien el ajuste, y por eso no baja la inflación.

Desde esta perspectiva teórica, hay un problema de déficit fiscal a resolver. Un problema, además, vinculado con el exceso de gasto y no con la merma de ingresos fiscales debida a reducciones impositivas puntuales, pero principalmente a la voluntaria caída de la actividad económica. En línea con esta idea, el presidente Mauricio Macri expresó en varias oportunidades en estos últimos meses la necesidad de que los argentinos nos demos un debate respecto de nuestras prioridades en cuanto a asignación de recursos públicos. Es sencillo leer eso como ajuste de gasto.

En la enumeración de economistas que hicieron hincapié en el exceso de gasto faltó tal vez uno, con rol estelar en estos meses: Nicolás Dujovne. Que es (para nada casualmente) el elegido por el Presidente para reemplazar a Prat Gay, excepto en la de ser jefe del promovido Caputo.

Ni el perfil soberbio y autónomo de Prat Gay, ni sus diferencias con el triunvirato de Jefatura de Gabinete, ni sus contrapuntos con Sturzeneger. La apuesta oficial que se juega en esta reorganización ministerial es sencilla: la puesta en caja del gasto público.

Entramos, ahora sí de lleno, en el peligroso espiral de ajustes de la ortodoxia más pura.

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Mariano Grimoldi

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