¿Es Donald Trump un fascista?

El triunfo del magnate neoyorquino ha abierto una catarata de artículos, columnas de opinión y una cantidad inabarcable de información difícil de analizar y procesar de manera razonable. La lógica periodística, en el peor de los sentidos, ha impregnado el análisis político con el sensacionalismo y la superficialidad que imperan en los grandes medios de comunicación.

Lamentablemente son pocas las excepciones en estos tiempos de “post verdad”, y ahora son los mismos “periodistas”/”analistas” que caracterizaban a Trump como un chiste sin perspectiva los que especulan sobre cómo será su gobierno y el impacto que tendrá el mismo en la geopolítica global. Gracias, pero no. Así no.

En medio de tanto ruido, el objetivo de estas líneas es contribuir a una caracterización política correcta del Presidente Donald Trump y la nueva internacional derechista que emerge con su impulso, la llamada “alt – right”.

Empecemos por el comienzo, señalando que su triunfo no fue “una sorpresa para todo el mundo” como estos “expertos” quieren indicar ahora. En el momento mismo en que lanzó su campaña, varios meses antes del inicio de las primarias republicanas, señalamos algunos elementos que indicaban la potencialidad de su candidatura:

(Diciembre de 2015) NOTA IGNACIO KOSTZER (http://www.camaracivica.com/divulgacion/el-lobo-de-wall-street-a-washington-dc/ )

[“Al igual que Berlusconi en Italia o Le Pen en Francia, el elemento anti clase política es una de las principales vetas que encuentra este exitoso empresario para dialogar con amplios sectores de la población estadounidense. “Nuestros líderes son estúpidos. Nuestros políticos son estúpidos” dispara una y otra vez desde sus actos de campaña, más parecidos a agresivos shows de stand up que al tradicional tribuneo proselitista. El desprestigio de la dirigencia estadounidense -que efectivamente existe- es uno de los principales factores sobre los que se apoya Trump.

Su planteo central es que EEUU está siendo saqueada comercialmente por China, Japón y México, invadida gradualmente por la inmigración ilegal y derrotada militarmente por el terrorismo. Se apoya en elementos reales como el cierre de fábricas en Chicago (trasladadas a China y México) y acusa a estos países de ´robar el trabajo a los americanos´. Ante esto propone una baja radical de los impuestos “para dinamizar la economía y terminar con la estafa”.

Se considera a sí mismo como el “más militarista de todos” y promete desarrollar “un ejército tan poderoso que nadie se va a atrever a meterse con EEUU nunca más”. Planteó una defensa cerrada de la tortura a prisioneros y por supuesto también de la segunda enmienda de la constitución que habilita a cualquier ciudadano a portar armas de guerra. Tras los atentados en París su conclusión fue que “los franceses necesitan más armas”.

Para muchos estas posiciones pueden sonar descabelladas pero Donald Trump no es una anomalía del sistema ni un loco aislado. En una sociedad que hizo del dios dinero el parámetro absoluto del éxito y el fracaso en la vida, Trump representa para muchos estadounidenses el caso de un ganador, un ejemplo a seguir. La pobreza del resto de la oferta política que hoy presenta la plutocracia estadounidense hace el resto del trabajo. (…) No debe sorprender a nadie que este personaje quiera mudar su oficina de Nueva York a la Casa Blanca, y que esto -encima- sea posible.”]

El tiempo confirmaría que el enorme deterioro del tejido productivo y social norteamericano, en gran medida fruto de la financierización de la economía y la deslocalización industrial que trajo la globalización, sentó las bases materiales de un descontento popular en estado crítico. La crisis del 2008 expandió aún más la brecha entre el 1% más rico y los millones de trabajadores que perdieron sus empleos, sus casas y/o vieron recortados sus derechos fundamentales, mientras el Estado desembolsaba cantidades colosales de fondos públicos para rescatar a los banqueros amigos.

Se trata de la principal potencia de occidente con los peores indicadores en materia de violencia, de obesidad, de anorexia, de consumo de psicofármacos y un largo etcétera que retratan una sociedad patológica, donde los brotes de racismo y xenofobia que condimentaron esta campaña son síntomas de una descomposición social aún más profunda. ¿O acaso vamos a aceptar como “normal” que alguien entre a un colegio o un shopping con una ametralladora, asesine unos cuantos y se suicide?

La crisis de 2008 dejó expuestas estas condiciones estructurales, subestimadas una y otra vez por el “periodismo”, a las que también hay que sumarle la mala praxis político electoral del Partido Demócrata. Tomo las palabras de Jaime Duran Barba quien ya advertía en abril de este año lo siguiente:

[“La candidata (por Hilary Clinton) no parece cómoda haciendo campaña, conversando con la gente de manera horizontal. Cuando ingresa a una concentración, parece cumplir con un trámite. El auditorio le aplaude con cortesía, pero sin el entusiasmo de los seguidores de Sanders o los de Trump. (…) A ella no se le ve como a una luchadora por causas sociales, sino como una señora distinguida, muy elegante. La contradicción entre su imagen y sus palabras provoca desconfianza. Proyecta la imagen de una mujer fría, inteligente, que lucha por sus intereses, no la de una candidata apasionada por servir a los demás.

¿Puede Trump ganar las elecciones? La respuesta es sí. A menos que Hillary rediseñe su campaña, es posible que muchos votantes de Sanders, inconformes con la situación del país, se abstengan o apoyen a Trump.”] (NOTA DE DURAN BARBA).

El propio Duran Barba impulsó desde la Universidad George Washington una campaña de apoyo a Hillary Clinton sugiriendo: “Es indispensable diseñar investigaciones con una mente abierta, integrando a expertos que usen herramientas técnicas y modelos de comunicación contra-culturales, que rompan los esquemas del equipo de Hillary y le den la dosis de rebeldía que necesita. A partir de eso, se puede diseñar una estrategia que frene a un candidato que pone en peligro a los habitantes del planeta, y objetivamente, puede ganar la presidencia de los Estados Unidos.”

A pesar de estar bien conectado con el Partido Demócrata en EEUU, el mensaje de Duran Barba no llegó y los esquemas del equipo de Hillary Clinton no se rompieron. En el mismo sentido, el cineasta Michael Moore publicó en julio de este año un artículo llamado “5 razones de por qué Trump va a ganar”, en el que planteaba “Aceptémoslo: Nuestro principal problema no es Trump, es Hilary. Ella es muy impopular – cerca del 70% de los votantes piensa que ella es deshonesta y no es de confiar. Ella representa la vieja política…”. (NOTA DE MICHAEL MOORE)

Por supuesto que el resultado de una elección condensa una multitud de factores y no depende sólo de una buena campaña, pero ésta es decisiva y Clinton no jugó bien sus cartas. Siendo los dos candidatos presidenciales con peor imagen de la historia reciente estadounidense, Trump entendió mejor el ánimo social y capitalizó de manera muy efectiva el enorme descontento popular y el desprestigio de la clase política, personificada por Clinton en esta elección. Analicemos brevemente el spot final de ambos candidatos para terminar de entender por qué ganó Donald Trump:

En este spot de dos minutos, Trump denuncia cuatro veces al “establishment político” por corrupto, por ser responsable del cierre de fábricas, por los fracasos en la política exterior, cuestiona el TTIP y el NAFTA, y hasta denuncia “el robo a la clase trabajadora”. Sino fuera por la mención a los inmigrantes, el contenido programático del spot bien podría ser la línea de Bernie Sanders o de cualquier partido de izquierda radical.

En el corto se ven mujeres, hombres y niñas “normales”, trabajadores/as, personas de color que ablandan la imagen de un candidato consciente del rechazo que genera en amplios sectores de la sociedad. La imagen de Trump sólo aparece al final para convocar al “pueblo americano” y a su “movimiento” a poner fin a las políticas actuales y “Hacer América grande otra vez”, slogan robado de la campaña de Ronald Reagan en los años 80´. Como se puede ver, el acento está puesto en la denuncia a la clase política para construir la polarización entre ´el pueblo´ vs ´el establishment´.

No deja de ser llamativo que un personaje que forma parte de este establishment hace varias décadas haya logrado encarnar su oposición visceral.

Como contra-cara, Clinton cierra su campaña con un incomprensible spot lleno de palabras vacías, sin ningún atisbo de referencia a la realidad que viven los 318 millones de estadounidenses. El primer plano, con el artificial fondo cromado, nos permite apreciar sus aros de oro, pulsera de oro, anillo de oro y collar de oro, reforzando aún más la imagen de mujer rica, fría y sedienta de poder que tanta desconfianza despertaba entre propios y ajenos.

Sus primeras palabras son “Creo que todos vamos a acordar en que ha sido una campaña larga”, liquidando las pocas ganas que podía tener cualquier espectador de escucharla. Realmente llama la atención la pobreza de esta pieza central, la última, la más vista y la más pensada de todas, máxime viniendo del país que ha profesionalizado como ninguno el arte de la comunicación política.

Alguien podrá decir que Hilary Clinton expresaba “objetivamente” al establishment y a Wall Street, y que no había campaña que pudiera revertir esa imagen. Lo primero es cierto, lo segundo es discutible. Su fracaso absoluto para movilizar el voto de las mujeres frente a la misoginia rampante de Trump, su pobre elección entre los latinos y el escaso margen que arrojó el resultado final hacen pensar que una estrategia alternativa podría haber cambiado la historia. Otro desenlace radicalmente diferente podría haberse dado si en las primarias demócratas se imponía el socialista democrático de Bernie Sanders. Pero de poco siven las especulaciones contra-fácticas a esta altura.

Con Donald Trump en la presidencia habrá un replanteo profundo de las correlaciones de fuerza políticas en los EEUU, tanto en el Partido Republicano como en el Demócrata. A nivel de la política exterior también pueden vislumbrarse señales de la dirección que tomarán sus giros tácticos y estratégicos. Como dijimos cuando anunció su candidatura, Donald Trump no es una anomalía del sistema, sino un producto coherente del mismo.

Ante la crisis del orden neoliberal globalizado, lo que emerge en el mundo como principal alternativa política es esta nueva derecha nacionalista. ¿Se trata de populismos de derecha? ¿Proto – fascismos? Tratando de esquivar el bullicio de la opinología de panel espectacularizada que predomina en los grandes medios, en el próximo artículo analizaremos de manera detallada esta nueva tendencia que será protagonista central en las luchas políticas por venir.

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Ignacio Kostzer

Licenciado en Ciencias Económicas (UBA) // Twitter: @Nachok_

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