Ideología vs. Votos, el debate sobre las fugas del Frente Renovador

Poco queda hoy de aquel extraño fenómeno llamado Frente Renovador que asomó la cabeza por primera vez en 2013 cuando, aconsejado por su amigo, el empresario de medios Daniel Vila, Sergio Massa tomó la decisión de romper con el kirchnerismo. Rápidamente, juntó una veintena de intendentes y se lanzó en una vertiginosa carrera que culminó con un triunfo en las urnas bonaerenses con casi cuatro millones de votos. “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”, decía allá por los inicios de la década del ´40, un reconocido ex primer ministro británico. Lejos de Churchill, varios jefes comunales avizoraron el final del gobierno y jugaron todas sus fichas a ese joven muchacho con cuna en la Ucedé, que buscaba mostrarse como parte de un nuevo proyecto político que pudiese mantener lo “bueno” y erradicar lo “malo”. Pero en política no hay buenos o malos. Esta es una lección que aprendieron varios quienes, dos años después, regresan cabeza gacha a la Casa Rosada en busca de redención. Sin embargo, es una lección que todavía no logran –o no quieren- comprender muchos sectores del kirchnerismo, que caracterizan de villanos a los intendentes que retornan cuando, al fin y al cabo, el poder es un elemento esencial de la práctica política. Y el poder, en la Provincia de Buenos Aires más que en ningún otro lugar, se ejerce en el territorio.

El primer naipe que hizo tambalear el castillo fue Gustavo Posse (San Isidro) que, en las elecciones de 2013, le había aportado 114.550 votos al Frente Renovador. A pesar que anunció con bombos y platillos que sería candidato a gobernador del Pro, Mauricio Macri le facturó la vieja traición de haberlo abandonado por Massa luego de la victoria y le impidió ir a una PASO con la boleta amarilla. Detrás de él fue Sandro Guzmán (Escobar) que se llevó 61.911 votos en las legislativas. Con la figura de Ariel Sujarchuk amenazando con quitarle el Ejecutivo local, el intendente se quitó rápidamente los ropajes renovadores y fue el primero en ser recibido por el Jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, y por el Secretario General de Presidencia, Eduardo “Wado” de Pedro. A días de su vuelta, se anunció un acuerdo con AYSA para darles agua potable y cloacas a más de 250 mil habitantes del municipio, aunque hay quienes dicen que igualmente se bajaría de la pelea. A pesar de la escandalización de reconocidos analistas, la obra pública en pleno año electoral es un elemento fundamental de torsión y que, guste o no, tentó a más de uno. A Guzmán lo siguieron, aunque con destino distinto, Carlos Oreste (Coronel Pringles) y Jesús Cariglino (Malvinas Argentinas) que se llevaron 5.850 y 108.588 votos en las legislativas. El Pro los recibió con los brazos abiertos.

Sin embargo, la tormenta comenzó con la salida de uno de los cofundadores del espacio, el intendente de Almirante Brown, Darío Giustozzi, que calificó de inexperto a su ex jefe político. 148.919 electores fueron con él, mientras varios empezaron a dudar del rol de conducción de Massa. A partir de allí, el Operativo Retorno a cargo de Wado de Pedro se intensificó: Raúl Otacehé (Merlo) y Humberto Zúccaro (Pilar) publicaron sus fotos en la Rosada y los contadores massistas tacharon 133.255 y 78.702 votos más en la lista. Días después, José Eseverri (Olavarría) y Gabriel Katopodis (San Martín) abandonaron las filas con críticas a lo que aseguran que será un inminente acuerdo con el macrismo en la Provincia. 32.575 y 123.871 boletas, respectivamente, se fugaron del inventario. Por último, Daniel Bolinaga (Arrecifes) completó la nómina y, aunque todavía no oficializó su vuelta al FPV, varios aseveran que llevará sus 7.672 electores nuevamente a Balcarce 50.

El debate que se planteó es si se debía recibir a estos dirigentes que habían bregado por el final del kirchnerismo y ahora desandan el camino como si nada hubiese pasado. Discusiones de laboratorio si las hay. La matriz ideológica que sustenta la posición de quienes se ofuscan por las vueltas es el purismo, la de la búsqueda de una política pura. Pero lejos de un sentido peyorativo sino como, nuevamente, una elección entre buenos y malos. Con las 10 partidas que se cuentan hasta ahora, de los 3.776.898 escaños que el Frente Renovador había obtenido en 2013, huyeron 815.893 –poco más del 21 por ciento. Así, derrumbaron el sueño presidencial de Massita, como lo suele llamar su madrina política, la diputada nacional Graciela Camaño.

Entonces, la disyuntiva que aparece es: ¿ideología o votos? ¿Admitir a los “traidores” o aprovechar para depurar? Pero es una falsa dicotomía. Tolerarla implicaría convalidar tácitamente que la consecución de votos desideologiza, cuando ésta es parte fundamental de la política y es la que termina definiendo el rumbo de un país. Más aún en un año bisagra como 2015. Distinto sería plantear que no habría que aceptar a los intendentes, ya que se puede apostar a dirigentes locales que no sólo expresan una cosmovisión de la política y del kirchnerismo más parecida a la propia sino que además tienen posibilidades de ganar. Por caso, lo que sucede en Hurlingham con Luis Acuña, a quien todavía no le atienden el teléfono ya que de este lado del mostrador aparece Juanchi Zabaleta. Una alternativa con vocación real de poder que traccionaría una cantidad de similar de votos y posee una mayor inserción territorial. En contraposición, una de las figuras más resistidas fue la de Otacehé, que había hablado pestes del kirchnerismo e incluso hoy, en las paredes de Merlo, todavía pueden verse sus carteles del Frente Renovador parcialmente tapados por los flamantes afiches que anuncian su vuelta al FPV. ¿Y quién le gana a Otacehé? O peor aún, ¿a quién le llevaría sus votos?

Las transformaciones se dan a través de la disputa ideológica, sí. Pero ésta es inescindible de la territorial y, por tanto, de las acciones. No existen milagros y quienes esperan despiertos que Cristina vete alguna vuelta por razones puramente superficiales, lamentablemente van a tener una larga noche. Para vencer a quienes expresan esa rancia visión de la política, que lo único que buscan es mantener a su feudo y que mañana podrían tranquilamente ir corriendo hacia los brazos de Macri, hay que construir. Si no se construyó, entonces hay que ganar. Porque la única palabra prohibida en el peronismo es la derrota.

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Juan Ignacio Robba Neira

Periodista // Twitter: @juanrobba