La inviabilidad macrista

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La semana que culmina no fue pródiga en novedades. O tal vez sí. Todo depende del cristal con que se mire, suele decirse y con razón. Este encabezamiento del texto puede parecer el divague de un demente, pero en realidad intenta expresar extrañeza ante una persistencia inentendible: el escasísimo impacto que merecen en la agenda local las convulsiones que se están registrando en la geopolítica, que no cesan en cantidad ni en la profundidad de sus cuarteaduras.

Lo suficiente como para que no luzca excesiva la descalificación de quienquiera con la sola pretensión de mantenerse al margen del proceso. Por lo difícil o inconveniente que resultaría. Tanto o más que la voluntad de nadar contra la corriente en el país de origen del nuevo jefe del catolicismo universal, del peronismo y que tiene todavía fresca en su memoria la tragedia de 2001.

La presidenta CFK destacó en la ONU los lazos que vinculan a la justicia social con la gobernabilidad, la paz global y la igualdad de género. Expedientes indisociables. Las palabras del Papa Francisco en su gira por Cuba y EEUU volvieron a poner de relieve asuntos que ya se tocaron en esta misma columna el pasado 18 de julio: la dimensión de su figura cataliza fuerzas que ya se venían desplegando pero que ahora encuentran un eje organizador. Este aglutinamiento ensaya una ruptura con el paradigma dominante actual, el neoliberalismo que miserabiliza planificadamente y desgasta los cimientos del tejido social que todo Estado necesita para su factibilidad.

El populismo se anota por estos días, en fila, la reconciliación al caer entre la isla castrista y la primera potencia internacional, tal vez el último escombro significativo del Muro de Berlín; el pacto que están por firmar el gobierno colombiano y las FARC y una estructuración, todavía embrionaria pero considerable, de países que rechazan los esquemas vigentes en materia de tramitación de deudas soberanas, con la resolución que se votó semanas antes del cónclave en la ONU.

Mientras todo esto pasa allá, acá acapara mayor rating el llanto de Luis Novaresio por los escollos que encuentra la realización de ese concurso de preguntas, respuestas, chicanas y fraseología marketinera que llaman debate presidencial. Y el principal retador del oficialismo nacional, el único actor político/partidario que somatiza las ondas que vienen de afuera y las compagina con su hoja de ruta, es un espacio cuya razón principal es revertir el actual curso histórico de regreso hacia las lógicas que antes estallaron entre nosotros y hoy lo hacen en distintos puntos del planeta. Un disparate estratégico superlativo cuando hablamos, para colmo, de un país cuya economía depende, para sobrevivir en grado de racionalidad mínimo, de resolver un conflicto de magnitudes dramáticas contra los fondos buitre, arquetipo de las desproporciones de los mercados librados a su antojo.

Concédase que estamos en medio de una campaña electoral, y que en la búsqueda del sufragio no es sensato despreciar la agenda minimalista, que es mayoritaria. Pero el lunes siempre llega, la responsabilidad de Estado impone mirar más allá de lo tangible e inmediato. Y en definitiva, lo pequeño depende de que lo mayúsculo camine, o caerá arrastrado también.

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Mónica López es una dirigente irrelevante que el último jueves saltó de regreso desde el Frente Renovador al Frente para la Victoria. Ese desplazamiento dice, sin embargo, bastante acerca de las perspectivas de cara a la sucesión que se disputará en octubre próximo. Es poco probable que Daniel Scioli aspire con este movimiento a captar acompañamiento, pues no se trata, en el caso de la susodicha, de una pasión de multitudes, ni mucho menos. Puede que el garrochazo termine por ocasionar algún daño en la flota de Sergio Massa, pero lo será en cuanto a comportamientos –erráticos, se entiende– que se proyecta inducir en el rival, y de ningún otro modo.

El episodio interesa como señal en relación al poder: a su ubicación, por decirlo con sencillez, que oficia como sombra bajo la cual corren los personajes en cuestión a ampararse, porque registran que la electorabilidad va edificando allí la futura instancia de referencia.

Maurizio Macrì enfrenta desde inaugurada su empresa nacional un laberinto casi irresoluble. Su despliegue territorial no alcanza para participar de manera competitiva. Déficit que agrava su procedencia porteña y la característica central de la alianza conservadora que labró con la UCR y Elisa Carrió: pureza antiperonista. Esa definición lo coloca ante una muralla: el 60% aproximado que, desde 2003 a esta parte, el peronismo realiza en las urnas consecutivamente entre sus diversas fracciones, que le augura destino de boleta aún en un hipotético balotaje.

La trama tucumana, así las cosas, no apuntaba a torcer porcentajes decisivamente, lo cual se haría muy engorroso. Antes bien, la deslegitimación es una huida hacia adelante. Impugnar los factores de una matemática que no cierra: si el peronismo es mayoría, invalidarlo. Memorias de 1955.

Pero esto tampoco lo habría corregido un entendimiento entre el jefe de gobierno porteño y el ex alcalde de Tigre: el cuello de botella invertido que habría ocasionado esa alternativa, por superpoblación de los niveles subnacionales, habría supuesto un dilema para cuya resolución no alcanza con un comicio interno multitudinario, porque ésa sería la culminación de un desarrollo previo que demandaría de mucho mayor tiempo que el habilitado por la ley electoral para la conformación de frentes entre distintos partidos. La construcción de un instrumento tal conllevaría, por ejemplo, la estipulación de reglas de convivencia entre desiguales, que vaya edificando aceptación mutua para que el compromiso no se resienta independientemente de prevalencias ocasionales.

Macrì no llena esos requisitos. De movida, por el desprecio natural que su representatividad le dispensa a peronismo en bloque, siendo que necesitaría seducir alguna porción de esa sociología para robustecer sus chances. Esto se verifica en las fugas peronistas del massismo, que casi unánimemente fueron a parar de vuelta al FpV. Pero más importante, y visto ya desde la vereda de enfrente, es la desconfianza que inspira el programa del PRO por fuera del radio que controla, para colmo con escasa ductilidad. Conductores o delegados de organizaciones que no quieren saber nada con promesas como las lanzadas por Melconian, Broda y Espert hace meses. No es sólo desacuerdo conceptual. Más sencillo, ese ideario conspira contra la estabilidad institucional.

Arriba se aludió a los populismos. Se quiso decir, en suma, que están superando mejor que sus predecesores el reto de la gobernanza, lo que constituye un insumo vital para el reto de la suma de recursos que engrosen su consistencia. Y se sabe: durar es mucho más arduo que llegar.

En esta coyuntura, eso explica cualquier suceso mucho mejor ninguna otra cosa.

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Pablo Papini

Abogado (UBA) // Twitter: @pabloDpapini

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