¿Qué oculta el odio de Trump a los mexicanos?

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Por Julián Goldin

Finalmente, Donald John Trump dio la sorpresa y ganó. En realidad, técnicamente aún no lo hizo. Primero, porque falta que los electores elijan a su candidato en diciembre. De todas formas, es casi tan difícil que un elector dé vuelta su voto, como que Trump comience a valorar a los mexicanos. Segundo, porque para algunos, un candidato que obtiene 200.000 votos menos que su contrincante, nunca podría ser presidente. Y puede que no estén del todo equivocados. Pero en los Estados Unidos de América, tierra que nos alimenta a ficción diaria, todo parece ser posible. Sino pregúntenle a George Bush (hijo) y ahora, a Donald Trump.

A partir de este resonante triunfo, porque al fin y al cabo lo es, la propuesta es contestar una pregunta clave: ¿Qué oculta el odio de Trump?

Para contestarla, sería importante considerar que “El odio de Trump”, no es solamente de Trump. Su sentimiento anti-mexicano es parte de un fenómeno cultural, histórico y político. Parte una historia fronteriza de odios, rencores, traiciones, ilegalidades, ocupaciones y sumisiones. Hagamos un breve repaso de todo esto:

Desde principios del Siglo XIX, los Estados Unidos de América ya se encontraban firmes, y la voluntad primordial de los partidos gobernantes era sin dudas, la de expandirse territorialmente. Muchos consideraban a esta idea expansionista como la de un “Destino manifiesto”, dos palabras que encerraban la creencia de que Estados Unidos debía expandirse hacia los dos océanos, y que podría también resumirse en una frase. Una frase que en estos días estuvo más vigente que nunca: “América para los americanos”.

Cabe aclarar que su territorio hacia 1800 era de apenas un tercio del que hoy conocemos. De esta manera en 1803, por la suma de U$S 23.000.000, la Francia Napoleónica accedía a la venta de la Luisiana, que hoy representa casi un cuarto del territorio estadounidense. Muchos historiadores explican que esta venta no fue del todo legal, ya que cuando Bonaparte había adquirido estos territorios de la dinastía borbónica, su compromiso era no revenderlos. Algunos años después, en 1809, la España colonial le cedería los territorios de la Florida (los cuales ya se encontraban ocupados por tropas estadounidenses) en el tratado de Adams- Onis la cual ya se encontraba ocupada por tropas estadounidenses). Una de las condiciones del tratado era no hacer más exigencias territoriales. Sin embargo, una vez más, esta clausula no se cumpliría.

De esta forma, México se independiza en 1821 y lo primero que la ya potencia del norte hace, es querer negociar el territorio de Texas. Este territorio, que pertenecía al estado mexicano de Coahuila y Texas, ya venía siendo ocupado por colonos estadounidenses, con o sin el permiso del gobierno mexicano. En 1836, Texas declara su independencia de México y en 1845, el Congreso norteamericano aprueba su ingreso como estado. El gobierno federal envío tropas a ocupar los territorios, pero mucho más al sur de la frontera tejana del Río Nueces. México lo consideró una ocupación de territorio soberano, y fue la gota que rebasó el vaso. Había comenzado la guerra entre los Estados Unidos de América y los Estados Unidos Mexicanos.

Como todos sabemos, el poderío militar superior de Estados Unidos lo haría imponerse en esta guerra y México perdería más de la mitad de su territorio. Mientras tanto “El Gigante del Norte” no solo se anexaría Texas, sino que tomaría como “indemnización de guerra” los estados hoy conocidos como Arizona, California, Nevada, Utah, Nuevo México y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma.

Sin embargo, hay un momento crucial de esta guerra (que tal vez no sea tan conocido) y que no debiera dejar de tenerse en cuenta: Entre el 22 y 23 de febrero de 1847 se desarrolló la Batalla de Buena Vista, en el estado de Coahuila. Lo que sucedió en esos días, hace a esos capítulos aún inexplicables de la historia. Por su ubicación, Coahuila era un territorio clave para frenar el avance estadounidense. El Generalísimo encargado de las tropas mexicanas era Antonio Lopez de Santa Anna, que ya había sido presidente de México.

Algunas intromisiones y discusiones políticas con el gobierno federal, habían llevado al ejército estadounidense al borde del desconcierto, lo que bien había sido aprovechado por Santa Anna. Por primera vez, en amplia mayoría numérica, el ejército mexicano le había dado golpes fatales al estadounidense, y se avizoraba una clara victoria. Un solo día más de combate podría hacer colapsar toda su línea defensiva. Sin embargo, por esas cosas del destino, el Generalísimo Santa Anna decidió retirar sus tropas, considerándose triunfador, pero dándole un importante aire al ejército estadounidense. Luego comenzó la segunda oleada de invasión estadounidense, y las posibilidades mexicanas fueron hechas añicos.

Quien sabe que pasó por la cabeza de aquel General (Traición, incompetencia, desidia…) Pero de lo que no hay dudas, es que si ese 24 de febrero el ejército mexicano hubiese atacado, la historia hubiese sido otra. En 1848 se firmaría el tratado de Guadalupe Hidalgo y el territorio estadounidense llegaría prácticamente al actual.

La historia entre estos dos países (por momentos áspera y por momentos no tanto) siguió transcurriendo. Para la década de 1860 Estados Unidos se embarcó en su propio conflicto entre norte capitalista y sur esclavista y estalló la guerra civil. Entre 1876 y 1910, México fue gobernado por Porfirio Díaz, un líder, caudillo y dictador. Como hizo Estados Unidos con tantos dictadores, en un principio lo apoyó. Sobre todo, porque representaba la posibilidad del orden y la apertura de México al mundo y al capitalismo.

En 1910 estalló la revolución mexicana en contra de Díaz, y gran parte de los líderes revolucionarios se encontraban exiliados en Estados Unidos, como por ejemplo Francisco Madero. Como dato de color, la revolución mexicana fue la primera en ser filmada para Hollywood. Las tropas de Francisco Villa, otro de los reconocidos líderes revolucionarios, debían a veces esperar a la luz de la mañana para atacar y sacrificaban estrategia por financiamiento y espectáculo.

El punto más alto de la revolución mexicana llegó sin embargo, recién en 1934. Bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas, se llevarían adelante importantes reformas, siendo las más importantes la reforma agraria y la nacionalización del petróleo. Allí fue cuando los vínculos de Estados Unidos con los dirigentes del Partido Nacional Revolucionario (PNR, luego PRI) se resquebrajarían, y el vecino del norte abogaría ahora por la salida de Cárdenas.

A lo largo del siglo, la concepción norteamericana de las relaciones con México comenzó a cambiar: La mejor forma de controlar a México ya no era vía intervención violenta, sino a través de ciertas inclusiones políticas y económicas. Muchos dirigentes mexicanos se formaron en universidades estadounidenses, y la gran mayoría de los presidentes de México abogaron por una relación armoniosa y hasta servicial con los Estados Unidos. La finalización de esta gran obra fue la firma del Tratado del NAFTA, que implicó un área de libre comercio entre los tres países de América del norte, y por sobre todas las cosas, una inmensa destrucción de la industria local mexicana y de su agricultura. A solo 5 años de su implementación, la pobreza en México ya había subido del 16% al 28%.

De esta manera, las relaciones entre Estados Unidos y México, quedaron en estos últimos 20 años marcadas por los estigmas de la crisis económica y el narcotráfico. En un proceso ya casi natural, muchos mexicanos migran a Estados Unidos en búsqueda de una mejora en su calidad de vida. Hoy, la comunidad mexicana en los Estados Unidos llega casi los 35 millones, y las remesas (el dinero que envían los mexicanos estadounidenses a su país natal) es la segunda fuente de ingresos después del petróleo. Al mismo tiempo, gran parte del crecimiento económico estadounidense, se ha debido a la utilización de la mano de obra mexicana. Así también, la crisis económica en México ha venido en gran parte importada desde el norte con la implementación del NAFTA.

De todas formas, a partir de 2008, se vive en Estados Unidos una crisis económica de la cual nunca se ha terminado de salir. Y en ese caso, como suele suceder en muchos países del mundo, la primera variable de ajuste en el análisis suelen ser los inmigrantes. Dada su historia conflictiva, es muy común que los locales tiendan a culpar parcial o totalmente a los no-nativos de la falta de trabajo. Casi un 70% de los votantes de Trump se consideran afectados por los efectos de la globalización. Y en ese sentido, las propuestas de reforma migratoria y de recuperar los puestos de trabajo de industrias que se instalaron en México y China (por menores costos laborales), calzaron como anillo al dedo.

Estados Unidos, el primer consumidor de cocaína del mundo, culpa a México de su problema. México es un país tomado por el narcotráfico y eso lo convierte, al mismo tiempo, en uno de los países más expulsivos del mundo. Sin embargo, suele asimilarse el problema migratorio con el del narcotráfico, cuando claramente van por vías distintas.

El muro fronterizo entre Estados Unidos y México ya existe y no logró reducir el narcotráfico, aunque sí tiene en su haber más de 10.000 muertes de (en su mayoría) mexicanos que se arriesgaron a cruzar por el peligroso desierto de Arizona. Resulta ya evidente que el narcotráfico no cruza por tierra, y que es un gran negocio que ningún gobierno norteamericano y mexicano se atreve a enfrentar en su verdadera dimensión: La de la complicidad política y policial.

Así llegamos hoy a un Donald Trump presidente, con su “Make a America great again”, que parece ser un remake del ya nombrado “America for the americans”. No hay duda de lo que encierra el odio de Trump, que no es solo suyo. Durante la semana, se difundió un video en Michigan donde alumnos de séptimo grado les gritan a mexicanos “Build the wall” (construyan el muro). Y es que Trump representa al norteamericano blanco promedio, que lo fue a votar de manera masiva y con entusiasmo.

Ahora solo queda esperar. Sin llegar a ser presidente, Trump ya logró que se cayera el proyecto de alianza transpacífica (TPP) y pretende replantear todas las alianzas. Sin embargo, nos podemos permitir dudar de que esta tendencia anti-globalizante haga que Estados Unidos deje de concebirse como un país expansionista o imperialista. Porque en muchos períodos solieron replegarse sobre sí mismos, sin embargo, siempre terminaron volviendo a la conquista del mundo.

(Conceptos claves: Frontera Mexico-Estados Unidos/ Muro fronterizo/ Intervención estadounidense en México/ Doctrina del destino manifiesto/ Antonio Lopez de Santa Anna/ Batalla de Buena Vista/ Lázaro Cárdenas/ Historia territorial de Estados Unidos/ Tratado de Guadalupe Hidalgo/ Tratado de Libre Comercio de América del Norte/ Inmigración mexicana en Estados Unidos/ Donald Trump)

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