El macrismo no es un populismo

Circula en el debate intelectual y en el discurso público la idea de que la construcción política que condujo a Mauricio Macri a la presidencia responde a la lógica populista. Hay también quienes sostienen que, si no todavía, en el corto plazo el gobierno de Macri tendrá que convertirse al populismo. Estas ideas encuentran respaldo teórico en la admisión de Ernesto Laclau de la posibilidad de populismos de derecha. Quisiera aquí reflexionar sobre la pertinencia de definir a Cambiemos como un populismo. Para ello, propongo reseñar la lógica populista de Laclau y después evaluar si estamos o no ante una nueva expresión del populismo.

Durante el siglo XX, las concepciones sociológicas y teóricas más canónicas definieron al populismo como una orientación determinada de políticas públicas, basada en una alianza social policlasista. La novedad de Laclau consistió en dar centralidad a la dimensión identitaria. Su propuesta fue abordar los procesos históricos que condujeron a la emergencia de las grandes identidades políticas populares, para descubrir en ellos el esquema formal de constitución del populismo. Siguiendo a Laclau, entonces, podemos identificar cuatro pasos hacia la constitución de una identidad popular.

1. El punto de partida de este proceso de emergencia de identidades populares es la proliferación de demandas insatisfechas, esto es, de peticiones provenientes de diversos sectores sociales que no encuentran modo de canalizarse por las vías institucionales disponibles.

2. Cuando estas demandas persisten a lo largo del tiempo sin encontrar respuesta, tiene lugar una acentuación del elemento conflictivo o contencioso. De este modo cada una de estas demandas deja de ser solo una “petición por” para constituirse también como un “reclamo contra”. Este carácter contencioso predispone a la solidaridad entre las demandas insatisfechas que, por más diversas que sean, comienzan a identificarse unas con otras.

3. En este contexto una demanda puede ganar mayor visibilidad que las otras, volviéndose representativa del conjunto. Pensar no más en cualquier protesta social que movilice a vastos sectores, desde las luchas por el “no al ALCA” hasta las marchas posteriores a la muerte de Alberto Nisman: en estos casos, la consigna concreta funciona como metáfora de toda una serie de otras demandas que se identifican con ella. Esto permite por ejemplo que el “no al ALCA” se convierta en metáfora de toda una serie de demandas y luchas no necesariamente afectadas por el tratado de libre comercio. Del mismo modo, la consigna “yo soy Nisman” expresa que “Nisman” es el nombre de toda una serie de reclamos que van más allá del esclarecimiento de la muerte del fiscal. Esto implica que, para que una demanda se vuelva representativa de varias otras, debe desanclarse en cierta medida de su contenido concreto, debe despegarse o vaciarse de su significado puntual y específico.

4. Hasta aquí, tenemos una serie de demandas insatisfechas que, a lo largo del tiempo, van acentuando su carácter contencioso y terminan por identificarse con una consigna que las representa. Ahora bien, el proceso de constitución de una identidad popular exige un paso más. Precisamente, la emergencia de una alternativa populista se corona con el revestimiento afectivo de ese lazo representativo. Esto es decir que esta solidaridad entre demandas solo puede dar lugar a la constitución de una identidad duradera allí donde la equivalencia deja de ser concebida como mera articulación táctica y comienza a ser vivida como un lazo afectivo, definitorio de la propia identidad.

El término “cambiemos” es producto de una abstracción conceptual que consiste en tomar una serie de demandas diferentes, reducirlas a su mínimo denominador, quitándoles toda referencia concreta y dejando solo la apelación al cambio

Cuatro pasos entonces: proliferación de demandas, persistencia de la insatisfacción, vaciamiento del significado, vinculación afectiva. Evaluemos ahora si la articulación política de Macri responde a esta secuencia. Claramente, podemos reconocer que Cambiemos surge al calor de una serie de demandas insatisfechas por el kirchnerismo: demandas vinculadas a las retenciones agropecuarias, a la administración de las divisas, a la lucha contra la corrupción, a la política de subsidios, al control de precios… Podemos reconocer también que, fruto de la persistente insatisfacción, estas demandan comenzaron a volverse más intensas y más contenciosas. Si estamos en lo cierto, hasta aquí es posible reconocer los dos primeros pasos reseñados más arriba. Ahora bien, ¿cuál es la consigna que representa a estas demandas? ¿Cuál es el signo que se vacía progresivamente de su significado y logra así erigirse en significante del conjunto?

Podemos considerar que el signo “cambiemos” opera aquí como significante vacío. Sin embargo, en este punto, creo que es necesario restituir la diferencia entre un significante vacío y un concepto abstracto. Precisamente, una cosa es una consigna que, en virtud de las luchas políticas, pierde especificidad para representar a un conjunto de reivindicaciones más amplias. Otra cosa muy distinta es un concepto abstracto, fabricado por creativos publicitarios, para decir lo menos posible al público más amplio. Precisamente, el término “cambiemos” es producto de una abstracción conceptual, abstracción que consiste en tomar una serie de demandas diferentes (cambiemos el sistema de retenciones, cambiemos la política cambiaria, cambiemos la corrupción, cambiemos las cadenas nacionales, cambiemos el sistema de subsidios…), reducirlas a su mínimo denominador, quitándoles toda referencia concreta y dejando solo la apelación al cambio. Cambiemos no es un significante tendencialmente vacío. Es un significante vacío desde el vamos, o mejor, un concepto con un elevadísimo grado de abstracción. Cambiemos no es el nombre que adquiere una demanda popular extendida; es una síntesis de laboratorio que, como una aspirina, promete ser buena para todo. Recuperando entonces la pregunta del comienzo, si definimos al populismo en los términos de Laclau, no es posible sostener que el macrismo sea un populismo.

¿Por qué son importantes estas precisiones teóricas? ¿Qué correlato político tiene todo esto? Entiendo que, mientras las demandas se articulen por vía de la abstracción conceptual, es decir, mientras siga primando la lógica publicitaria y qualunquista de lanzar consignas abstractas, no será posible constituir una identidad popular. Y, sin una identidad que cohesione a los adherentes, la articulación política quedará reducida a la administración de reclamos.

Pero la política entendida como pura administración, o como mero despacho de reclamos, conduce tarde o temprano al debilitamiento del lazo representativo. Veamos por qué. Si las demandas que llevaron a Macri al poder son satisfechas, desaparecen en tanto que demandas. Por ejemplo, la protesta por la regulación del mercado de divisas se desactiva políticamente tan pronto como esas regulaciones se levantan. En cambio, si las demandas persisten en su insatisfacción, terminan por ver frustradas sus expectativas iniciales y dejan de sentirse representadas por el macrismo. Quienes se hayan visto seducidos por la promesa de un millón de créditos inmobiliarios querrán ver sus expectativas satisfechas; caso contrario, continuarán con sus reclamos, pero esta vez en contra de Cambiemos.

¿Por cuánto tiempo podrá agitarse el parche del antikirchnerismo? ¿Cuánta eficacia conservará la recriminación al gobierno saliente, cuando algunos ya hayan conseguido lo que querían y otros vean sistemáticamente impedidas sus expectativas de cambio? Probablemente, el destino de Cambiemos no sea la constitución de una identidad política intensa, sino el enfriamiento político, la desafección privatista y gestionaria típica de las expresiones de la derecha argentina.

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Luciano Nosetto

Investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani–CONICET. Licenciado en Ciencia Política (UBA), Magíster en Ciencia Política (IDAES, UNSAM) y Doctor en Ciencias Sociales (UBA)

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