Corrupción, «divino tesoro»

Por Santiago Costa

La tristeza de Brancatelli diciendo «esto es un límite, estoy triste y cansado, es indefendible», fue una síntesis brutal de lo que probablemente haya sentido el 49% de la población al enterarse del delincuente López enterrando guita. Jonhy Viale le pregunta: «¿Recién ahora se dan cuenta?».

En 2006 el Turco Asís publicó La marroquineria política, donde brindaba detalles del «sistema de recaudación» implementado en el sistema político argentino desde 2003. Sin embargo Cristina ganó las elecciones en 2007 y en 2011. Néstor Kirchner murió «jóven y bello». ¿Al votante no le importa la corrupción mientras dure el bienestar económico, cuando «roban pero hacen»? ¿La militancia mira para otro lado mientras duren los éxitos electorales?

Resultan interesantes dos conceptos para analizar la corrupción durante el kirchnerismo. El mencionado Asís dice que Kirchner fue «un fenómeno delictivo y un líder de culto». Tanto los kirchneristas como los antikirchneristas tienen la imposibilidad de ver uno de los dos factores de la ecuación. Ambos son reales. Remata Asís diferenciando un «desmadre» del sistema luego de la muerte del conductor.

La militancia kirchnerista siempre supo que había funcionarios corruptos. Siempre supo que Néstor Kirchner creía firmemente que «había que hacer guita para poder hacer política». Para no depender de un mecenas. Jugar de igual a igual con los «grandes», diría Maquiavelo.

Sucede que en política se ven cosas «principales» y cosas «secundarias». La militancia kirchnerista creyó que el crecimiento económico y la justicia social eran lo principal y la corrupción lo secundario. Las escuelas y los hospitales estaban ahí, la AUH estaba ahí. Las denuncias muchas veces no pasaban de eso y más de un denunciante mediático se desdijo en la justicia.

El sabueso periodístico Alconada Mon utiliza la metáfora nicaragüense de la «piñata» para graficar la corrupción kirchnerista. Alconada dice que Kirchner creía firmemente en reconstruir una burguesía nacional «a la brasileña», que luego eso degeneró en un capitalismo de amigos y finalmente en una repartija, en corrupción lisa y llana.

Esta diferenciación por etapas tal vez ayude a responder la pregunta de Viale. La militancia siempre toleró y hasta creyó en la estrategia de recrear la burgesía nacional y aún en el capitalismo de amigos. Nunca imaginó la escala del choreo.

¿Puede la «escala» (la magnitud) alterar esa percepción entre lo principal y lo secundario en la militancia kirchnerista? ¿Y en sus votantes? ¿Es mejor la corrupción nacionalizando empresas que la corrupción privatizándolas?

¿Puede la “escala” alterar esa percepción entre lo principal y lo secundario en la militancia kirchnerista? ¿Y en sus votantes? ¿Habrá alguna carta de Cristina por Facebook dando la explicación que Brancatelli y sus votantes anhelan? ¿Existirá una autocrítica en las palabras y las acciones que permitan al movimiento nacional evolucionar para retornar al gobierno?

La corrupción es inherente al poder. Es tema principal en Brasil, en China y muchos otros lugares. Existe corrupción en el ámbito privado, en la justicia, en los medios. Sin embargo no sirve igualar a todos en el fango para disimular la mancha propia. Un empresario podrá ser un delincuente, pero no anda pidiendo votos para construir un mundo mejor.

Si las distintas etapas del dispositivo de acumulación kirchnerista permitieron a su militancia dividir lo principal y lo secundario hasta que la magnitud en la escala del choreo se hizo una verdad aceptada, ¿Significa esto el fin del negacionismo? ¿O se seguirá creyendo que el deterioro social por vías de macrismo hará retornar a los votantes a los brazos del kirchnerismo «sin beneficio de inventario»?

¿Habrá alguna carta de Cristina por Facebook dando la explicación que Brancatelli y sus votantes anhelan? ¿Existirá una autocrítica en las palabras y las acciones que permitan al movimiento nacional evolucionar para retornar al gobierno?

El caso López puede ser un despertador para el kirchnerismo. El fin del negacionismo, el principio de la autocrítica. Que no significa derrotismo ni autoflagelación. Es lucidez, adaptación y evolución. Sobre todo para una juventud política que no tiene por qué cargar con hechos de funcionarios que están de vuelta, frente a una sociedad que acompañó pero se quedó esperando la prometida sintonía fina. Concierne a la eficacia política para reconstruir mayorías. Hoy las denuncias de corrupción desde el kirchnerismo al macrismo son balas que se transforman en cebitas antes de llegar al blanco. Tal vez sea secundario. Habrá que ver que dicen los votantes.

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Santiago Costa

Licenciado en Ciencia Política (UBA). Periodista // Twitter: @san2011costa