Mayorías, asesinas

 

 

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La mayoría no existe, ¿o acaso alguien la conoce?

Los sectores populares, podríamos decir, son la mayoría. Pero acaso los sectores medios no se han duplicado en los últimos años, o será que la mayorías habitan en las zonas agrarias de nuestro suelo productivo (“El campo”), o son nuestros profesionales, extendidos gracias a nuestro sistema universitario, a los docentes, o la juventud, o los ancianos, o los fiscales, o los comerciantes, o pobres o millonarios.

Nadie es mayoría.

La mayoría no es un número, no se constituye por iguales condiciones económicas, demográficas, etarias ni por ninguna otra variable, la mayoría es solamente una condición política.

Es la democracia la que constituye mayorías, y nadie más. Mayoría, por lo tanto, es un concepto sin autonomía, está sujeto a condición. La democracia es la condición de existencia de las mayorías. Sin ella, nadie puede ser, sentirse, llamarse, o HACER como mayoría.

A la inversa, por tanto, la democracia contiene a las mayorías, que en su conformación constituyen también minorías.

En los últimos días algunos centros urbanos fueron testigos de reducidas manifestaciones, con motivo del fallecimiento del Fiscal Nisman. Todas las estimaciones coinciden, más allá de su intencionalidad, en que el número, incluso sumando todas ellas, no alcanzaba para llenar un micro estadio o teatro porteño. Pero son por eso, simplemente, ¿minorías? No, esta noción no está al alcance de los analistas o periodista, aunque muchos pensemos eso. Esta solo al alcance de las urnas.

Son las urnas las que han marcado desde hace años un núcleo minoritario restaurador, cuya expresión social, política, económica y cultural está dominada por la exclusión y la violencia. Son las urnas las que nos permiten analizar, por tanto, estos hechos. La Argentina observa desde hace un tiempo una serie de manifestaciones, marchas y expresiones sociales, con una marca identitaria, el odio y la violencia. Más allá de cuál sea el motivo de cada manifestación, este es un parámetro de todas ellas; la exclusión y violencia. Las urnas una y otra vez han situado al sector que se identifica con la exclusión, la violencia y el odio a las mayorías, como una minoría. Y tienen toda la libertad de serlo, porque en democracia no se niega ni el error.

El proceso político de nuestra democracia ha consustanciado un núcleo duro de restauración cuya única expresión política es la violencia. Se sienten presos de esta democracia que los constituyó en minorías, aunque siempre lo fueron y les gusta serlo.

Pero la violencia tiene un origen, objetivos y condición, y sobre los cuales se monta una estrategia política concreta. El origen de la expresión violenta de estos sectores es la frustración democrática, por haber perdido la capacidad hegemónica que habían gozado durante tantas décadas. EL proyecto político antagónico a su paradigma constituyó una fuerza política que constituye mayorías elección tras elección, allí la frustración.

Pero el origen de esta violencia no dice mucho de sus objetivos, porque se expresa como medio, y no como fin. La violencia es su medio de reversión política de su condición minoritaria. Es la violencia quien hará (suponen) que su minoría se imponga como mayoría, y esto paradójicamente para que SU minoría se conserve como tal. Una nostalgia que no tiene espacio en la democracia de hoy, pero que se arraiga en una condición permanente de estos sectores: el odio a las mayorías. Este proyecto político, y la conformación de su gobierno, excluyó a estos sectores de la conformación de las mayorías, y por tanto las mayorías emanciparon sus intereses, los que las vuelve… peligrosas.

Si el gobierno de las mayorías es corrupto, inepto, antidemocrático, y hasta asesino, lo son también las mayorías que una y otra vez se constituyen como mayorías conformando y ratificando el proyecto político de gobierno. Buscan clausurar (¿o eliminar?) el peligro mayoritario.

Los centros del poder concentrado saben de esta condición de este núcleo minoritario, y estimulan sus nostálgicos objetivos y medios políticos. Pero saben también que en la democracia de hoy eso ya no alcanza, hay que ganar elecciones. Con ese fin estos sectores despliegan una estrategia, montada sobre la violencia de estos núcleos minoritarios. Es la latencia de pacificación posible, el puente de plata para el regreso de la restauración. La pacificación del país, el odio al poder, sería el fin del odio en la sociedad.

Existen dos núcleos de confrontación para las próximas elecciones, el desafío para ambos es lograr ampliar su marco de referencias para constituir la nueva mayoría. Sepa el votante restaurador, que la conducción de ese espacio ve a la violencia aun con una estrategia de la política. Para no ingresar en las características de su proyecto político, económico, social y cultural.

El proyecto nacional está conformado por una amplitud enorme de ideas y visiones, su fortaleza democrática es justamente contener cada vez a más Argentinas y Argentinos en un proyecto nacional. El no lugar es solo para violentos, ellos son el anti proyecto y allí no hay concesión. Los violentos atentan contra las mayorías, y al hacerlo niegan a la democracia, y por tanto también a las propias minorías que ellos mismos constituyen. La agresión a la figura presidencial es la degradación de las mayorías que han elegido una y otra vez un gobierno, un presidente y un proyecto. Y los votos no se tapan con los gritos.

Los votos son para organizaciones políticas, y para proyectos de nación. Gritos para violentos, y votos para los proyectos.

Las urnas este año, nuevamente, conformarán mayorías. En los últimos doce años las mayorías que constituyó la democracia estuvieron representadas por la inclusión, la distribución, la justicia y la memoria. Nuestra democracia resiste violentos, resiste manifestaciones donde se exija la muerta de la presidenta, resiste corporaciones, resiste hasta el odio a las mayorías, lo que no resiste el quebranto de la voluntad popular.

Asistimos a un momento de quiebre para la sociedad Argentina, esperemos esta no ubique en la Casa Rosada a los representante de la exclusión, el odio y la violencia. Las mayorías no matan fiscales. Aunque les cueste entenderlo a los violentos, las mayorías han decidido construir un país distinto sin violencia, con inclusión, memoria verdad y justica. El desafío es volver a movilizar esas mayorías y ganar las elecciones para seguir transformando la Argentina y consustanciando nuestra democracia.

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