Memorias de un tiempo al que no quiero volver

Largas carcajadas. Fuertes, invasivas. Carcajadas como gritos. Todavía las recuerdo aunque aún hoy no logro entenderlas.

En ese momento era estudiante universitario. Daba clases particulares de semiología, laburaba de cadete y me iba colado en los bondis. Al principio de mi carrera en 1996 era muy difícil viajar en tren. Llenos de laburantes, cansados y malhumorados. Sobre el final ya fue más fácil. Los trenes iban vacios y hasta me podía sentar.

Mi viejo volvía de laburar y miraba a Tinelli. Yo leía en el cuarto. Y ahí empezaban las carcajadas. El Televisor, un 20 pulgadas, el único de la casa. Proyectaba las imágenes sobre la habitación en penumbras en la que en verano resoplaba un ventilador cansino, eso y las ventanas abiertas de par en par era el único recurso de refrigeración que imaginábamos. Por eso no podía cerrar la puerta de mi pieza. El aire tenía que circular. Y con él llegaban las carcajadas de mi papá y de esos muchachones divertidos que Tinelli dirigía.

Así cruzaba mis lecturas sobre el hombre unidimensional, la industria cultural, la naturalización de las maneras de sentir y experimentar el mundo legitimando lo que ya existe con las risas de mi viejo. Como dije nunca las entendí y me cuesta entenderlas aún hoy. Tinelli se reía de un laburante de la construcción sin laburo al que le rompía su viejo FIAT 128 con una Grúa, de una jubilada que cobraba la mínima y a la amenazaban de romperle la vereda, de los extranjeros, de los taxistas y sus PEUGEOT 504 diesel a los que les pedían por favor que aguanten un año más.

Mi viejo se reía y así, sin darse cuenta iba naturalizando el proceso de exclusión que se iba llevando adelante. Ese que se llevaría puestos a esos otros. Ese proceso que los dejaría afuera. ¿Por vagos, por poco eficientes, por no esforzarse lo suficiente? Yo no podía reírme entonces. Tampoco, cuando mi viejo se empezó a caer del sistema también pude pensar que la culpa era de ese otro. No fue un migrante, ni un obrero desocupado el que quebró la empresa de colectivos donde trabajaba. Tampoco fue una travesti, ni un pibe de una villa el que hizo que mi tío pase de jefe de compras de una multinacional a ser mulo de EASY. Esa carcajada que escarnecía, que degradaba a esos que se quedaban afuera. Una risa que laceraba, agrietaba que hacía que el otro estuviera fuera.

Hoy mi viejo no mira Tinelli, desde hace unos años lo aburre, desde hace unos años que elige qué ver en su Smart TV. Mientras mi hijo hace la tarea en la era mi pieza, con la puerta cerrada. Mi viejo prende el aire acondicionado y pone la tele bajita para que su nieto estudie. Mi viejo trata de entender a ese pibito, a ese otro que está estudiando.

Hace tiempo que no escuchaba esas risas de escarnio. Pero en estos últimos días volví a escucharlas. Esas risas que escarnecen, esas risas que excluyen, esas risas que amplificadas por la Televisión señalan quienes pueden ser felices y cómo es que tiene que obrar para hacerlo.

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Christian Dodaro

Dr. en Ciencias Sociales. Docente UBA

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