Cartelera

Maurizio Macrì asumió la presidencia de la Nación. Como era de esperarse, en el marco de la luna de miel que se concede a todo nuevo gobierno. Que en este caso, por lógica de un ciclo que es todo cambio –en la portada, luego en la institucionalidad siempre subyacen continuidades–, subraya en la formalidad: la del nuevo gobierno, se sentencia casi unánimemente entre los discursos publicados, es más amable en relación a la de los salientes. Es natural la espuma, y válida también. Hace a una rutina cuyo despliegue es imprescindible para el rodar de la democracia republicana. Cristina Fernández, por su parte, se despidió con el moño de una convocatoria popular, en Plaza de Mayo, que impactó. Sensación que se refuerza cuando se repara en que la organización del acto fue escasa, sobre todo en tiempo; que las idas y vueltas alrededor de la ceremonia del traspaso de mando, que quedó trunca, entorpecieron esos preparativos; y que, por propia decisión, como nunca antes, se exclusivizaron las invitaciones en los segmentos enrolados en el Frente para la Victoria directamente en función de la ex presidenta, que no a los de identidad diferenciada.

Se trata de dos fotos de poder distintas, que exponen el estado de situación de coaliciones políticas representativas antagónicas que, dentro de muy poco tiempo, estarán disputando un programa de gobierno. Todo dentro de márgenes previsibles, se insiste, las discusiones venideras estarán contorneadas por ese devenir, que es imposible de anticipar: conviene, pues, eludir la tentación de intentar el ejercicio de la adivinanza para evitar el ridículo posterior, siendo que las derivas de los actores que juegan sus intereses en esta cancha son, casi por regla, en extremo zigzagueantes.

Se está, por lo pronto, en las boleterías del cine. Uno raro, cuyas opciones en oferta se asemejan a aquellos libros Elige tu propia aventura con que se entretenía (o quizá aún se entretenga) la niñez: historias, todas, que tendrán lazos comunes, pero cuyo acontecer puede variar bruscamente a partir de las decisiones que tomen los protagonistas en coyunturas que los pondrán frente a alternativas en general acotadas en número, y que son los escenarios en que se reclama su acción. Nada que sorprenda, aquí tampoco, salvo porque el espectador en este caso también es parte del acontecer. Pero debido a las previsiones que se hacía antes, conviene asumir que, por ahora, sólo es posible la descripción de las formaciones en pugna, de los litigios internos que tienen pendientes, y sentarse a esperar la dinámica que surgirá de ese cuadro cuando comience la temporada de exigencia de resultados. Detalle: la vara hoy está más alta, estamos recién a la salida de una época en que la política volvió a dar cosas a la ciudadanía. Será imposible escapar a mediciones de esa clase.

Tanto Macrì como Cristina Fernández y el peronismo, entonces, afrontarán primeramente debates que hacen a sus propias arquitecturas. El Presidente porque deberá domesticar las tensiones que en breve le significará la presencia en su frente electoral de elementos culturalmente antiperonistas y económicamente ansiosos por inaugurar un nuevo orden de ganadores y perdedores sin reparar en modos ni en relojes. Sabe, porque no es ningún tonto, que la estrechez de su consagración no le habilita reconfiguraciones tan profundas. Menos sin una operatoria que la vista adecuadamente, o que prevea compensaciones para quienes resulten perjudicados por ese hipotético giro. En las designaciones del nuevo gabinete se puede advertir vocación por el equilibrio. Que, además, lo necesita para conservar bajo control del curso de su gestión. Pero, matices al margen, no caben dudas que se aproxima un barajar y dar de nuevo, más temprano o más tarde.

Se trata de dos fotos de poder distintas, que exponen el estado de situación de coaliciones políticas representativas antagónicas que, dentro de muy poco tiempo, estarán disputando un programa de gobierno

No es cuestión de dramatizar, porque no hay condiciones estructurales que obliguen a un pesimismo desmedido, pero el diseño del edificio macrista así lo anuncia. Para eso han llegado hasta aquí. Su desafío es transformar el voto en contra del kirchnerismo, el principal activo que los catapultó hacia la cúspide, en una singularidad por la positiva. El sufragio, dice Manolo Barge, siempre es contra de algo/alguien, el secreto de la durabilidad y el éxito está en la habilidad para la conversión. La insistencia en contrastar con CFK, así las cosas, no es inocente ni casual: aspira a estirar esa contradicción como combustible de su recorrido, tanto como a tenerla a mano para culparla de los efectos negativos de sus definiciones, argumentando que no le quedó otra ante el desastre legado por su antecesora, mientras con el peronismo en funciones negocia, dividiendo el espacio: ABC.

En el peronismo, mientras tanto, la empresa del retorno demanda de todos sus actores lectura y praxis prolijas y finas para lograr el descule de un panorama de complejidad superlativa. Sabiendo que conserva dosis importantísimas de poder, cuya administración igualmente deberá dosificar con sumo cuidado para que no se le achaque obstruccionismo; pero que tampoco puede quedarse quieto si termina verificándose en los hechos que su representación es destratada por el nuevo gobierno. Tiene que volver a construir mayorías y para ello es necesario también en ese vecindario un refresco. La reciente ex presidenta puede y debe cumplir un rol en esa tarea, pero, precisamente, será de aquí en más complementaria y ya no estelaridad de una mesa que necesariamente debe ampliarse.

Cristina ganó su provincia y conserva una gruesa porción de los bloques legislativos alineados a ella –de momento, al menos– y, lo dicho, capacidad de movilizar callejeramente sin par entre sus compañeros. Eso le garantiza una butaca, y tal vez la cabecera, en tanto el partido hoy gobierna solamente provincias chicas y municipios, no sobresaliendo desde ese aspecto ninguno de los territoriales. Es ella, entonces, necesaria pero ya no suficiente para imponer direccionamientos; habrá que incorporar un método colectivo para la toma de decisiones. Pero en definitiva, las mayores novedades deben esperarse del nuevo oficialismo, que de momento cuenta con la iniciativa.

Claro que los relacionamientos no son estáticos: cruzarán fronteras y las diagonales empezarán a complejizarse conforme las acciones de gobierno vayan despertando reacciones en los sujetos alcanzados por tales. Esto sí será novedoso: que motive el proceso un partido nuevo, con lo cual pertenencias y prácticas acostumbradas servirán menos para explicar los hechos.

En definitiva, un nuevo tablero intentó ser descripto, lo que sigue es aprender de las fichas.

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Pablo Papini

Abogado (UBA) // Twitter: @pabloDpapini

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