Medios y memoria. Entre el relator y el papelero.

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La exclusión mediática y el miedo a la memoria. Víctor Hugo y su exclusión mundial, más que costos de trasmisión.

La voz de la memoria. Entre futbol, pueblo y corporación.

La noción de memoria colectiva es un concepto carente de consensos. Ni la academia ni la política, le han ofrecido magnos acuerdos.
Resulta ingrato que disfrute de tan alto valor de uso, para un nulo valor de cambio, pero esa parece ser su disyuntiva. La idea de una memoria colectiva siempre es utilizada por el dialogo político, pero esa memoria siempre esta en debate. La disputa de dos proyectos nacionales también atraviesa a este concepto, para cada proyecto su memoria, y en esta batalla la memoria ha extraviado un valor para intercambio. Allí habita el origen de su carencia, una noción despojada para siempre de su atributo de equivalencia.

Con la memoria nunca hay acuerdo, la dispuesta es permanente, aunque en ocasiones la disputa se resuelve. Son esos “peligros” instantes, donde un momento se congela, y se vuelve indiscutiblemente de una sola manera. Por eso su entidad siempre esta en disputa, para evitar esos momentos.

La memoria, pese a una vigilia permanente y una carencia hegemónica, nos ofrece grandes hitos infranqueables.
Las voces suturan hechos de la historia, y algunos hitos son indivisibles de la voz de procedencia, ésta cristaliza un tiempo, y superan en ese instante, la disputa constante sobre la entidad de nuestra historia.
Son esos casos, donde esa voz se vuelve permanente y que nos permite reeditar siempre ese momento, esos instantes son victorias de la memoria, victorias sobre la entidad de nuestra historia. Son victorias permanentes.
Allí la voz se adueña de un solo sentido posible para la memoria colectiva. Este acto, es en definitiva, un acto de unidad y la unidad popular es siempre una amenaza para los proyectos antipopulares.

Todo proyecto político antipopular tiene como enemigo a la continuad histórica, pues los puentes de la historia refuerzan la disputa del presente y garantizan la del futuro. Estas victorias son mojones, que avivan y revitalizan esos recuerdos, que reviven lágrimas de bronca y también hermosos recuerdos. Cualquier nuevo mojón, siempre será para ellos, un nuevo riesgo.

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Una voz puede contribuir a la definición de esa disputa, al grabar en fuego el hecho en nuestras mentes, para luego cada tanto siempre visitarlo, una amenaza que debía ser callada. Víctor Hugo sin micrófono fue este resultado, un grito silenciado.

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Con el permiso de nuestro lector y dando por entendida las diferencias del caso, citaremos una especie de ejemplo.
La voz que anuncio la muerte de Evita suturó un hecho histórico ya incuestionable para el pueblo argentino, para su memoria. Aquella fue la voz de la tristeza, tristeza infinita que evidencia el infinito cariño de un pueblo. Este es un hecho indiscutido, donde el pueblo consiguió imponer su recuerdo y no el del enemigo. La voz de aquel momento trae nuevamente esa victoria, una y mil veces, sigue siendo la voz de la tristeza. Esa disputa permanente por la memoria colectiva, en ese caso, se resolvió con un hecho indiscutido, incuestionable, permanente, un punto de intercambio e identificación del pueblo Argentino. Si los sectores dominantes no pueden evitar el hecho, al menos intentan evitar su cristalización, en esa voz que sintetice ese recuerdo.

Así podríamos citar muchos otros ejemplos. Por eso, en la medida que los sectores populares construyen mojones de certezas sobre sus memorias colectivas, se construye y profundiza un proceso histórico de entidad popular en la Argentina. Con certezas que cosechan fortalezas.

Para el lector prevenido, no hace falta aclarar la diferencia pertinente entre Evita y, por ejemplo, un mundial de futbol. En este caso, la Argentina volvía a disputar una final del mundo después de 24 años, y allí también había un recuerdo y también una memoria en disputa. Un momento de alegría e unidad popular, en una década de conquistas populares, una síntesis temida para los guardianes de los menos.
Una voz puede contribuir a la definición de esa disputa, al grabar en fuego el hecho en nuestras mentes, para luego cada tanto siempre visitarlo, una amenaza que debía ser callada. Víctor Hugo sin micrófono fue este resultado, un grito silenciado.

En una década donde el pueblo vivió los mejores años desde 1945, conjugar la alegría popular y la revaporización nacional, es un riesgo que el proyecto antipopular teme y en consecuencia agrede, excluye, miente y calla.
No puede construirse nuevos hechos históricos donde el pueblo entero sea un puño apretado, no importa si son tristezas o alegrías, no pueden admitir unidad en el recuerdo de la memoria colectiva. Ésta podría erradicar hasta el último de sus privilegios.
Las voces suturan esos hechos, por eso Víctor Hugo no pudo regalarnos su garganta enrojecida para visitar por siempre ese recuerdo.

Una vez más los sectores antipopulares subestiman la memoria de nuestro pueblo, la ausencia de esa voz nos hará recordar siempre la calaña del Papelero y pistolero.

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