Mani Pulite y Nuevo Orden IV: recapitulando un poco

Por Pablo Papini

Se supo en las últimas horas que de documentos gubernamentales internos se desprende un maquillaje al déficit fiscal heredado, de entre 1,9 y 2,3%; para trabajar mediáticamente con una cifra de más del triple de eso: 7%. Se comentó en esta columna, y viene bien recuperarlo, el economista radical Pablo Gerchunoff twitteó que en “democracia plena nunca se pudo hacer con éxito un ajuste programado. Siempre se ajustó por caos”. La herencia kirchnerista es una economía socialmente satisfactoria pero, hacia fines de 2015, arquitectónicamente rayana con el agotamiento. Un viejo enemigo del desarrollo nacional, la restricción externa, reapareció en el amanecer del segundo mandato de la presidenta CFK, dificultando políticamente su marcha.

Nunca empezó, siquiera, la sintonía fina, promesa que la ex jefa de Estado lanzó apenas concretada su reelección ante un plenario sindical obrero/empresario (el paraíso al que todo peronista que se precie de tal se propone arribar como meta en su caminata).

Claro que hay atenuantes en el marco de una globalización comercial y financieramente desquiciada, que impugna a dirigencias y formatos institucionales enteros, pese a lo cual la tolosana puede exhibir con legítimo orgullo pisos de salarios y prestaciones socioprevisionales y de empleo asombrosos en relación a ese contexto, en particular; y a la historia argentina, en general. Pero las expectativas electorales tienen razones que los corazones ideológicos, a veces, no terminan de entender: Cristina dio más de lo que se esperaba de ella en su primer turno, motivo por el cual fue revalidada con casi diez puntos más que en aquella consagración; y viceversa a partir de 2011, fundamento principal del advenimiento de Mauricio Macri a Balcarce 50. Matices más, detalles menos, así fueron las cosas. Ésta es la autocrítica que se reclama… y que está haciendo falta. Bastante.

Sobre todo, como mapa de regreso hacia el tesoro de Casa Rosada: de ese examen surgirá lo que debería hacerse para que ese retorno no acabe siendo mero cántico emocionante.

Todo esto no obstante, nada quita que se está frente a un enjuague de proporciones por parte de un bloque político/filosófico/socio-económico que gira alrededor de la esencia liberal que, por más que se vista de seda, no engaña a quien dedique un cachito de sus ratos libres en estudiar detenidamente el set de novedades inaugurada el 10 de diciembre pasado. El kirchnerismo dejó un paciente que, molesto por gases de los que su médico no se ocupó, lo cambió por otro galeno que prometió sanarlo de eso que –en principio coincidía como profesional con su colega– era una pavada, y encima de modo más dulce. Pero sucede que, iniciado el nuevo vínculo, el diagnóstico, repentina y sorpresivamente, es de cáncer estomacal, lo que lleva a una medicina mucho más dura, que obviamente provoca otros trastornos, peores, al enfermo.

El relato acude en reemplazo del incendio que, como el general Alais, jamás llegó: cuentas arruinadas, familias disgregadas y latrocinio estructural de dimensiones desconocidas como justificación de un programa que de otra forma resultaría intragable

Chamuyo: se ha desatado aquí una bruta redistribución del ingreso, sobre cuya inviabilidad democrática acertó en alertar Gerchunoff toda vez que, si bien con algunas luces de precaución en el tablero, Cristina Fernández entregó un paquete prolijo y pacífico: no voló una trompada, un epílogo muy distinto a casi todos los que lo precedieron, cercano y no tanto. Había necesidad de reinventarse, para prolongar y mejorar la senda; pero no cirugía mayor… salvo que por detrás se estuviera tramando una vuelta de campana. El relato acude en reemplazo del incendio que, como el general Alais, jamás llegó: cuentas arruinadas, familias disgregadas y latrocinio estructural de dimensiones desconocidas como justificación de un programa que de otra forma resultaría intragable, o bien conduciría a desastre en las urnas.

Esta serie aspira a responderse si todo esto se trata de sólo una modificación en el esquema de reparto de ganadores y perdedores de la sociedad, o si se extenderá hasta la consolidación de otros paradigmas en todo cuanto incumbe a las diagonales que desde allí se disparan, para galvanizar un statu quo en el tiempo, más allá de ocasionales inquilinos de gobierno.

Estimulados por el amigo Santiago Costa, quien realizó rigurosos y necesarios señalamientos sobre categorías y terminología a la tercera edición, hoy se ofrecen precisiones pendientes.

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Se parte desde dudas que en el mismísimo circuito oficial se plantean en voz alta. Marcelo Longobardi, por caso, se preguntó si el de Macri sería sólo un paréntesis entre dos capítulos peronistas, o si, en cambio, esta vez sí, Argentina se corregiría hacia el rumbo de mercado que, a juicio de estos sectores, nunca debería haber abandonado, y que tan buenos resultados habría dado hasta la irrupción del 17 de octubre de 1945. Carlos Pagni, en 2010, escribió que el suceso rotundo que por entonces desplegaban los Kirchner se debía, además de a asimetrías de recursos entre sus fuerzas y las de sus adversarios, al consenso –lo rotuló como “precapitalista”– que, para colmo, unos y otros compartían sobre la agenda del Estado.

El establishment recapturó el trono formal para, desde allí, unificando el poder, forzar una transformación de raíz, esta vez en términos de al menos aparente estricta legalidad. Dicho lo más sencillo posible, aplanando al extremo las diferencias entre los diversos competidores partidarios, y en todo otro rincón en que se tomen decisiones que conciernan a la dinámica que dibujan oferta y demanda libradas a su propio arbitrio. Es por ello que hoy soplan vientos amarillos por todos lados: desde el Congreso y Comodoro Py, hasta la sede de la AFA, ya huérfana de la malla de protección que suponía el talento negociador de don Julio Grondona, y a la que se llega a siguiendo los lazos que tendió Fútbol Para Todos.

El establishment recapturó el trono formal para, desde allí forzar una transformación de raíz, esta vez en términos de al menos aparente estricta legalidad. Con las herramientas legislativas que otorgó la victoria presidencial de Macri no basta, entonces el convencimiento se opera a través del Mani Pulite; esto es, el protagonismo que han cobrado las causas judiciales que le tocarán a todo integrante del ciclo anterior que no se pliegue a lo nuevo

Pero, cuidado: con las herramientas legislativas que otorgó la victoria presidencial de Macri no basta, entonces el convencimiento (por decirlo suavemente) se opera a través del Mani Pulite; esto es, el protagonismo que han cobrado las causas judiciales que le tocarán a todo integrante del ciclo anterior que no se pliegue a lo nuevo. No porque no hayan existido delitos, más vale (José López es indiscutible), sino por lo que se edifica como análisis político de ello. Conviene recordar, es vox populi que el efecto más significativo de la maniobra anticorrupción que inspira la doméstica, que tuvo lugar en Italia a principios de la década del ’90, fue la reformulación de su sistema de partidos, y no el apresamiento de delincuentes. En Brasil no se desplazó un elenco dirigencial: se arrasa con un ideario todo. Entre nosotros es igual: tanto para, en concreto, arrancar cualquier vestigio de populismo/peronismo/redistribucionismo; como para advertir a quienes militan en tales filas acerca de los riesgos que correrían si volvieran a intentar algo parecido.

No son sólo medidas de corte opuesto a las de CFK: también, y sobre todo, la construcción de sentido que se sigue de ello. Por ejemplo: además de apagar los subsidios tarifarios, establecer como credo que es intrínsecamente dañina su aplicación. Por eso se habla aquí de régimen, y no de modelo: más allá de la inexactitud politológica del vocablo, una noción más profunda y compleja.

Los magistrados están involucrados en esta danza más allá del rol específico que les cabe en el juzgamiento de los crímenes que hoy copan el centro del debate público. Ricardo Luis Lorenzetti, que olfateó la nueva onda, hace los deberes convalidando la tercerización laboral y clausurando el derecho de huelga, a la vez que aleccionando a la tropa que acaudilla como un verdadero primus inter pares en la más pura lógica gremial (golpeando, en este caso, para empujar los límites de sus potestades) para que apresuren la defenestración tribunalicia del kirchnerismo. Sabedor el presidente de la Corte Suprema de Justicia que este ajuste puede desembocar en un estallido social que arrastre incluso más allá de Cambiemos, porque al descontento con lo previo se le sumaría otra decepción, se intuye con chances sucesorias.

El Presidente, ningún tonto, lee esos movimientos, opta por curarse en salud, y en consecuencia plantó a Horacio Rosatti, con vocación de trascendencia idéntica a la de Lorenzetti, a disputarle la hegemonía de que hoy dispone, y que le permitió moldear grandes trozos del territorio que encabeza en función de sus proyecciones personales. El destrato al que lo somete Elisa Carrió frecuentemente completa la pinza con que se organiza esta pelea cada día más indisimulada, cuyas cuentas, como se ha explicado, se paga en los subsuelo patrios.

Así y todo, lo peor es que nada este paisaje tormentoso garantiza per se que se vaya a volver.

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Pablo Papini

Abogado (UBA) // Twitter: @pabloDpapini

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