Seducidos y atemorizados

La noche de la reelección de la presidenta CFK, alguien de su palo comentó que, más trascendente que la victoria electoral rotunda que esa jornada se concretaba, era el de la discusión política.

Con eso se quiso decir que el resultado era hijo de un convencimiento previo que su espacio había sentado en cuanto a las líneas centrales de su proyecto político. Néstor Kirchner fue el artefacto con que la sociedad le facturó al ex presidente Carlos Menem el estallido del epílogo de 2001, y por cuya reparación premió a su esposa cuatro años más tarde. Entre 2007 y 2011 el kirchnerismo vertebró una definición propia, ya no como mera refutación del orden posneoliberal sino como versión singular. Y tras lo agitado de su mandato inaugural, el bis de la jefa de Estado bien podía entenderse como un guiño a sus posturas en un duelo que se había disputado furibundamente.

En paralelo, y luego de dos años, desde 2010, de empujar la demanda a ritmo de locomotora (45% de aumento salarial medido en dólares, cotización de la divisa anclada para frenar la inflación) para recuperar la caída catastrófica a que la crisis mundial lo había derrumbado en 2009 (destrucción de 3% del PBI y de un punto de empleo), el modelo económico exploraba límites (déficits gemelos), para cuya corrección, de todos modos, sobraba aire: el nivel de reservas era aún altísimo (cerca de U$S 50 mil millones) y la deuda externa ya para entonces había dejado de ser un drama.

La derrota de 2013 y la coyuntura ardua del balotaje venidero se explican en la combinación explosiva de la nueva agenda con que presionan los segmentos ciudadanos para los que la Alianza es ya un recuerdo muy lejano y hasta extraño, y la postergación desfavorable en el arreglo de las referidas inconsistencias macro: el gobierno nacional se vio obligado a abstenerse ante una corrida en enero de 2014, cediendo márgenes decisorios innecesariamente por demorar los plazos.

Políticamente eso se traduce como una prolongación indebida de instrumental, y también del plantel dirigencial a cargo. Cristina Fernández seleccionó guerreros, que habían sido útiles para la etapa más gruesa de una polémica en la que ya debía sentirse vencedora –como bien dice Santiago Costa, no se registra una impugnación social considerable al Estado presente, la reestatización jubilatoria y/o a la AUH–; cuando lo que necesitaba eran cirujanos: soldados igual de encolumnados pero con más aptitud para encarar la sintonía fina que se había prometido, que para el barro del cuerpo a cuerpo que había agotado su ciclo como herramienta de construcción.

No se trata, pues, de renunciar a la contradicción con el establishment que rechaza la esencia del programa en curso, sino de las maneras en que ello se tramita. Lo que, finalmente, no compromete más que los formatos de representación, que no contenidos. Esa dilatación condujo a un alejamiento del kirchnerismo de sectores ajenos a los más fieles de su acompañamiento, pero que tampoco son viscerales refractarios a la actual experiencia histórica, y que habían aportado para edificar el inédito 54%. Nótese, en relación a ese porcentaje, otro hándicap: el del desierto adversario.

Cristina Fernández seleccionó guerreros, que habían sido útiles para la etapa más gruesa de una polémica en la que ya debía sentirse vencedora; cuando lo que necesitaba eran cirujanos: soldados igual de encolumnados pero con más aptitud para encarar la sintonía fina que se había prometido, que para el barro del cuerpo a cuerpo que había agotado su ciclo como herramienta de construcción

Debe concederse que esa ausencia potenció la rabia de quienes nunca se sintieron atraídos por la oferta de CFK, lo que derivó en cierto enardecimiento de la escena pública. Pero difícilmente podría argumentarse contra la superior responsabilidad que cabe a un gobierno, en ese marco, para calmar los ánimos. Que convenía, vale reiterarse. Contribuyendo a ese clima, conspiró contra sí. Incluso proveyendo a Maurizio Macrì de un atajo para el ardid que monta por estos días en los que procura planchar las aguas en las que se desliza su candidatura hacia el 22 de noviembre. Mientras discursea que viene sólo a cerrar la grieta que se habría abierto entre los argentinos, esconde a su equipo económico, que organiza una reconfiguración de fondo del esquema vigente.

Conviene al oficialismo no llorar sobre la leche derramada ni lanzar reproches morales si el rival supo esta vez presentar mejor su producto en la competencia, compaginándola con deseos tan válidos como los que a esta hora lloran justificadas alarmas ante lo que puede deparar el cambio.

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Daniel Scioli contó con muy poco tiempo para intentar una remontada que no figuraba en su radar, y en el debate tiene una bala de plata que debe exprimir hasta su última gota. Con la tarea de rediseñar la disyuntiva sobre la que discurrirá la cita definitoria: persuadir acerca de los riesgos que para los ingresos; y peor, para la existencia misma de las fuentes laborales, implicaría un triunfo de Macrì. Si bien lleva las de perder, tampoco Cambiemos haría bien en expandirse en el relajamiento en que parecen haber ingresado varios de sus integrantes desde la sorpresa del 25 de octubre, que los remolcó a sinceramientos inoportunos respecto de la atmósfera de buenas ondas a cuyo sostén destina sus mayores esfuerzos el scrum de campaña amarillo.

De allí los exilios de Carlos Melconian y Alfonso Prat Gay, quienes, como elefantes en bazar, se animaron a vociferar la mega devaluación que, para comenzar, se trae entre manos el jefe de gobierno porteño. El ex mandamás del Banco Central, para peor, pretendió desmentir los efectos inflacionarios que semejante sablazo supondría, helado caliente que ni siquiera José Luis Espert, el más ultra pero también el más intelectualmente honesto de los economistas liberales, aceptó tragarse. Porque, arguyó, es falso que, como asegura PRO, que los precios del mercado ya estén enganchados con el dólar ilegal. Se dijo aquí muchas veces, hay por delante una puja dialéctica a por la preparación del terreno para una vuelta de campana fenomenal que solo cierres caóticos como los de Raúl Alfonsín o Fernando De La Rúa habilitan, y que CFK esquivó cómodamente.

No se trata, pues, de renunciar a la contradicción con el establishment que rechaza la esencia del programa en curso, sino de las maneras en que ello se tramita. Lo que, finalmente, no compromete más que los formatos de representación, que no contenidos

La Corte Suprema de Justicia, cúspide del refugio último del establishment, el Poder Judicial, pegó, al cabo de la semana que hoy culmina, estocadas a tres conquistas paradigmáticas de la década: reestatización de YPF, desestructuración de la autonomía del BCRA y ley audiovisual. Dada la escasa aprehensión que para con el trabajo tienen –por regla– los funcionarios tribunalicios, no hay dudas a propósito del mensaje que tal volumen de sentencias entraña. Que deben leerse junto con el saludo de despedida que Paolo Rocca dedicó a los modelos regionales de la época, y con las dos vacantes que hay por negociar en la Corte a partir del 11 de diciembre próximo.

Ricardo Lorenzetti es un operador hábil, que desde que se encaramó en la jefatura máxima de su gremio emprendió una carrera hacia rumbo impreciso, pero que en cualquier variante posible imaginable apunta a su inserción definitiva en las arquitecturas del statu quo, inmunes a ningún tipo de control popular. Para lo cual es imprescindible habilidad en el olfato de temporadas políticas. El rafaelino está exponiendo a las claras que las ve lejos de virajes suaves.

Abundan elementos para poner en juego en el desafío del miedo, que de eso va un balotaje.

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Pablo Papini

Abogado (UBA) // Twitter: @pabloDpapini

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