Yo quiero mi pedazo

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Históricamente la argentina ha sido conocida por ser productora de alimentos. Así nos ganamos el título de “granero del mundo”. Mucho se ha venerado aquellas épocas donde Argentina, como hoy, alimentaba a un mundo que cada vez necesita más alimentos y materias primas; pero estos sectores poco explican en cómo está conformada la estructura productiva de nuestro país y a quienes favorece dicha estructura. La propuesta es pensar “la mesa de los argentinos” desde un aspecto de estos problemas, que nos ayudará a identificar el origen de los aumentos de precios haciendo visibles a los responsables y hacernos cargo de lo que podemos hacer frente a esta disputa, que pareciera ser sólo económica pero que también tiene su composición política, ideológica y cultural.

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El pan sobre la mesa

Es interesante mencionar e identificar las etapas, los sectores y los actores por las que pasan los alimentos de los argentinos antes de ponerlos a la mesa; señalando, en cada una de estas, cuál es su ganancia y cuál es la posibilidad de los actores de influir en el aumento de precios según la relación de fuerza con la competencia (otros actores) o el Estado.

La primera etapa es la producción. En esta se encuentra todo lo que tenga que ver con la producción de materia prima básicos. Ejemplo: carne, cereales, semillas. La segunda se denomina Industrialización. Los productos que provee el campo son transportados para ser elaborados en fábricas o industrias. Ejemplo: leche, queso, pan. La tercera etapa involucra a la Distribución. Esto puede entenderse como el traslado desde las industrias a los comercios. La última etapa es la referida a la Comercialización. Aquí están involucrados todos los comercios que ofertan en sus góndolas los productos elaborados. Ejemplo: almacenes, supermercados, etc.

El problema que encontramos es la concentración de capital que existe en cada una de estas etapas. La primera está integrada por fondos de inversión, terratenientes extranjeros y terrateniente nacionales que poseen el 43% de la superficie productiva. Muchos de los cuales sólo se dedican al mercado exterior, con lo cual la competencia entre lo que se vende dentro y fuera del país aumenta.

En la segunda etapa también sufre una gran concentración de capital. Por tomar un ejemplo en los productos lácteos solo dos empresas (Sancor y Danone) concentran el 66% de la producción. En el pan, dos empresas (Fargo y Bimbo) manejan el 89% del mercado, y en el azúcar solamente una empresa (Ledesma) concentra el 75% de la actividad. Cabe aclarar que todas estas empresas cuentan con la logística necesaria para llegar a los centros de comercialización. Por último, seis cadenas de supermercados manejan el 89% de todo lo que comemos y tomamos en nuestro país.

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En la desnaturalización cultural del tipo de consumo y en la organización política de nuestras voluntades, están dos de nuestras mejores armas para cuidar la mesa, el bolsillo y la salud de nuestro pueblo

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Los datos reflejan cómo los grandes monopolios que manejan la mayoría de la producción, pueden acomodar sus márgenes de ganancia como les plazca. Esto lleva a pensar en dos cosas. Por un lado las alianzas políticas que generan estos monopolios para seguir perpetrando y reproduciendo su poder, negociando con la clase dirigente neoliberal. Un ejemplo de esto es Sergio Massa que promete presentar en el congreso un paquete de leyes que plantea bajarle la presión tributaria al sector agropecuario, entendiéndolo como un aporte para el país banalizando el esfuerzo del gobierno y del pueblo con los precios cuidados, promoviendo el clima para que los grandes hipermercados incumplan su compromiso firmado con el gobierno nacional. Por otro lado es necesario repensar nuestro comportamiento como ciudadanos y no sólo como consumidores. A la hora de seleccionar los alimentos podemos incorporar prácticas culturales de autonomía relativa, en relación a los grandes parámetros de consumos, identificando las mejores opciones de consumo para el ritmo familiar en cada caso, al tiempo que construimos la fuerza necesaria para subordinar a estos grupos a la voluntad democrática.

En la desnaturalización cultural del tipo de consumo y en la organización política de nuestras voluntades, están dos de nuestras mejores armas para cuidar la mesa, el bolsillo y la salud de nuestro pueblo. Esto significa elegir, antes que a los grandes grupos concentrados que manejaron históricamente nuestro país en favor de sus intereses; a los pequeños productores, los pequeños comerciantes que encontramos, por ejemplo en el mercado central. Aquí se juega también en qué lugar se pone cada uno a la hora de defender el bolsillo y tomar la parte que le toca. Empoderar es también cuidar el bolsillo, y dar batalla en cada uno de los «campos» donde se presenta la disputa, de una patria para pocos y una para todos.

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